Motiva2 (parte I)

En el salón “Navascués” del hotel, seríamos casi 50 personas.
Sobre el escenario, el individuo se movía con aplomo, rebosaba seguridad.
Dinamismo, pausas dramáticas, bromas certeras, ritmo, ritmo…

El público se dejaba embelesar, de hecho lo deseaba. El ambiente invitaba a “venirse arriba”, cosa que sabía explotar magistralmente aquel sujeto.
Fue todo un lujo. Se hizo corta la conferencia. 

Lo comentamos una y otra entre el equipo mientras nos tomábamos unas cervezas. Salimos realmente motivados, todos.
Nos íbamos a “comer el mundo”.

Unas horas más tarde, ya en casa, le relataba este acontecimiento a mí pareja.
Intenté resumirle la sesión, pero no encontré las palabras; no era fácil explicarlo.
En realidad no recordaba nada en concreto, más bien era esa sensación de euforia, de poder, de fuerza… aún la sentía, aunque tengo que reconocer que se había desvanecido una buena parte… 
…pero claro, en casa y con las cosas del día a día, no es lo mismo.

Por cierto, que no se me olvide pasar mañana por la tintorería

Aladino

Amabilidad, frustración, ira, paciencia…
Hay una serie formas de responder ante ciertas situaciones, que se supone que reflejan rasgos de personalidad subyacentes.
En psicología se intentaban descubrir mediante “tests proyectivos”.
De forma más o menos encubierta, se propone al sujeto, que, por ejemplo, se imagine en una situación o la recree.
De forma encubierta, sobre todo porque a nadie le gusta quedar mal y seguramente intentaríamos falsear el resultado para dar buena imagen.

El terapeuta observa las reacciones, a qué se da mas relevancia en las respuestas, con qué estrategias se afrontan conflictos o qué soluciones se proponen en situaciones determinadas… de hecho se espera que afloren (el sujeto “proyecta”) sus rasgos de personalidad, los conflictos conscientes, los conflictos inconscientes…

Imagen del test de frustración de Rosenzweig

Todo esto es hoy día bastante criticado.
Aún así, hoy te propongo hacer algo parecido, en el que sólo responderás ante ti mismo/a.
¿Recuerdas el cuento de Aladino? Si. El de la “lámpara maravillosa” (ojo que el original forma parte de “Las Mil y Una Noches”)

Dedícate unos minutos y piensa; si te concediesen 3 deseos, sólo 3 ¿qué pedirías?
¿Una montaña de dinero, una vuelta al mundo, salud infinita, amor a espuertas, juerga sin fin..?
¿Pedirías para ti, pedirías para los tuyos, pedirías para toda la humanidad?

Sé honesto/a ¿qué pedirías?. Nadie te ve, nadie te escucha.
Es posible que recurras a cosas absurdas, total esto en un juego.
Es posible que pienses con los pies en la tierra y sean cosas más asequibles, con más o menos esfuerzo.
Es posible también que nunca te lo hayas planteado.

Pues lo siento. Aladino no existe. Esos deseos, sean los que sean, sólo se podrán lograr si nos ponemos a ello. Si nos detenemos y valoramos qué nos importa y que estamos haciendo para conseguirlo, sea lo que sea.
Quizá hagas algo al respecto o quizá no.
Sin embargo, analiza de nuevo lo que hayas pedido, seguramente dice más de ti de lo que crees, y siempre es interesante tomar buena nota, no vaya a ser que un día aparezca Aladino.

Cara o cruz

Si en la peluquería de un pueblo hay dos peluqueros y uno lleva  el pelo muy mal cortado y el otro muy bien cortado, ¿a cuál le pedirías que te atendiese?

La respuesta inmediata es elegir al que tiene el pelo bien cortado.
Pero si te paras a reflexionar, concluirás que lo más probable es que cada peluquero le haya cortado el pelo al otro, por lo que si sólo hay dos peluqueros, el que lleva buen corte será por el buen hacer del otro.

Cada día tomamos miles de decisiones. Miles.
Unas pequeñas, minúsculas de efecto inmediato. Otras de enorme trascendencia, aunque quizá sus consecuencias estén aún lejanas.
¿Qué ropa me pongo hoy?, ¿invierto en esto?, ¿contesto de forma airada?, ¿leo este libro?,  ¿salgo de paseo?, ¿A quién voto en estas elecciones?
Todas esas decisiones marcan nuestro futuro en mayor o menor grado, y sus consecuencias influyen en otras decisiones, que a su vez influyen en otras decisiones… un “efecto mariposa”

Fíjate en la foto que hay a continuación.
¿A cuál le confiarías tus pertenencias en el aeropuerto mientras te diriges un momento al mostrador?

Fuente: Boredpanda

La decisión la estamos tomando utilizando un heurístico de representatividad.
Un heurístico es una regla que aplicamos intuitivamente y que nos permitirá tomar una decisión casi instantánea, pero no es fruto de ningún análisis.
En este caso, al individuo de la foto lo asociamos a un estereotipo que percibimos como amenazante, nos produce desconfianza y lo evitamos. 

En decisiones intelectuales, no sólo las de supervivencia, también echamos mano de heurísticos que nos eviten pensar mucho (con el volumen de decisiones que tomamos diariamente, no es mala solución).

La publicidad, la política, el marketing… saben que manipulando ciertas variables muy elementales, consiguen aumentar enormemente que nuestras decisiones (de compra, de voto, de disciplina, de toma de postura…) se encaminen en una dirección planeada.

Algo que nos muestran con frecuencia nos acabará resultando familiar y lo aceptaremos con mayor facilidad.
Utilizar ciertos estímulos (incluso aunque pasen aparentemente desapercibidos), provoca respuestas predecibles antes otros estímulos que aparentemente poco tiene que ver. Esto se denomina priming.

En este experimento, los “usuarios/as” contribuyen económicamente de forma más generosa cuando un póster de unos ojos mirando fijamente preside la sala, que cuando lo hace una foto de unas flores:

La primera semana del experimento (que puede verse en la parte inferior de la
figura), unos ojos muy abiertos miran fijamente a quien se sirve el té o el café, cuya contribución media era de 70 peniques por litro de leche. 
La segunda semana, el póster muestra flores, y las contribuciones medias son de alrededor de 15 peniques. La tendencia continuaba. Los usuarios de la cocina contribuyeron de media con casi tres veces más dinero en las «semanas de ojos» que en las «semanas de flores». 
Era evidente que un recordatorio puramente simbólico con el que uno se sentía observado empujaba a la gente a comportarse de distinta manera. Como se esperaba, este efecto se producía sin la menor conciencia.
¿Creerá ahora el lector que él mismo también habría tenido el mismo comportamiento?

Daniel Kahneman (Pensar Rápido Pensar Despacio) “La máquina asociativa”

Nos basamos en la fragilidad de nuestros recuerdos, en lo fácil que los podamos recuperar de la memoria, en estadísticas y correlaciones fruto de nuestra imaginación, en prejuicios…

Quizá nunca te hayas parado a pensar porqué eliges una cosa y no otra. 
Quizá te importe un comino
o quizá no.
Es tu decisión.

Mil pelas

No todo se mide, pero otras cosas, muchas cosas, la mayoría, si las medimos.

Distancia, volumen/capacidad, peso, temperatura…
En casi todo utilizamos el sistema métrico decimal.

Sin embargo, en muchos casos sin ser conscientes, utilizamos, porque así lo aprendimos, sistemas diferentes de medida para una serie de cosas.
Sistemas de medida que hemos interiorizado, a los que nos hemos habituado y que dentro de los márgenes de uso frecuente, entendemos su significado, podemos comparar, sabemos si es mucho o poco, grande o no.

El reloj, el sistema horario del día a día, lo leemos en formato sexagesimal. Cada 60 segundos se cumple un minuto y cada sesenta minutos se cumple una hora (luego pasamos a doce horas de día, doce de noche, 12 meses…)
Si, si el reloj es digital también lo leemos en sexagesimal.

Las pantallas las medimos en pulgadas (sistema Imperio Británico) y sabemos mas o menos cuánto son 14 pulgadas, 24, 32 o 56, según sea la tele de la cocina, la del salón o el monitor de trabajo.

Los datos, ahora, los medimos en Gb (sistema binario) y asumimos eso de 256, 1024; tenemos claro si la tarifa que tenemos de 20Gb es suficiente para subir tantos vídeos a Tik Tok o mejor nos cambiamos de compañía, que seguro que otra da más.

Los huevos, ay los huevos, los seguimos midiendo en docenas. No compras 3, ni 5 huevos (ni se te ocurra pedir eso en una tienda): compras DO-CE-NAS (aunque luego los repartas como gustes)

Y los pisos que en muchísimos caso, se valoran aún en pesetas (sistema métrico ibérico): que me costó 30 millones y lo vendí en 35, oye… y a los 6 meses, ja.

¿Quién puso más?

Quizá la frase original debería haber sido “Todo lo que se puede medir, se puede mejorar”, pero en realidad fue algo más parecido a  “Lo que no se puede medir, no se puede mejorar” y eso es lo que ha calado.

De la física (William Thomson Kelvin) al liderazgo (Peter F. Druker) dicen casi idéntica frase.

En la mejora, la mejora personal, hay sin duda variables cuantitativas que son medibles.
Hay también variables cualitativas, que también en ocasiones son medibles.

Pero hay un tipo de variable que se escapa al control métrico y son las variables subjetivas.
Las variables subjetivas se pueden valorar, pero no son medibles y no admiten comparación más que con el propio sujeto, y a veces, ni eso.
Están sujetas a las expectativas que hayamos depositado, al estado de ánimo, al contexto…

Se cuantifican en valores tan personales con “es bastante”, “es suficiente” o “es demasiado” dónde no sólo cada persona puede considerar su significado de forma muy diferente a otra, sino que posiblemente para nosotros mismos tenga un valor distinto según de qué hablemos y según el día que lo digamos.

Estudié lo suficiente, 
He hecho bastante ejercicio por hoy 
Pongo mucho más en esta relación que mi pareja

Términos relativos, sin significado real, no comparables, vagos…

Sin embargo, esas valoraciones, serán las que nos lleven a tomar las decisiones que no permitan mejorar o no.

Lo subjetivo no es medible y sin embargo es lo que más condiciona nuestra decisiones y por ello, nuestro futuro.
Porque esas valoraciones son nuestras valoraciones.

¿Lo que no se puede medir no se puede mejorar? 

¡Por algo será!

Recuerdo un capítulo de una genial serie cómica que se emitió entre 2005 y 2010 aproximadamente en el que bajo el título “por algo será” (min 15:45) parodiaba como podemos llegar a aceptar normas sin más, incluso absurdas.
Y no sólo las respetamos, sino que las transmitimos y las hacemos respetar.
Todo ello a pesar de desconocer de dónde vienen ni qué función cumplen; transmitimos comportamientos, creencias, normas, que creemos inmutables o que obedecemos ciegamente.

Al respecto, circula una anécdota (disfrazada de experimento, pero NO existe tal experimento), que ilustra cómo se crean estas pseudo-normas.

Todo empieza con cinco monos encerrados en una jaula.
La jaula tiene dos alturas. Los monos están en el piso inferior y en la plataforma superior, a la que se accede por una escalera de mano, hay unos llamativos plátanos.

Lógicamente los monos tardan poco en dirigirse a la escalera para subir, pero en cuanto el primero de ellos pone un pie en la escalera, se le lanza un potente chorro de agua helada. No sólo al mono que intenta subir, sino a todos los monos, a los cinco.
Imagina el alboroto.
El instinto (el hambre) incita a los monos a intentar una y otra vez accede a la escalera, pero no se necesitan muchas repeticiones para que todos aprendan.
Al poco tiempo, ninguno se acerca siquiera a la escalera.

Lo interesante empieza ahora, sigue leyendo.

En el inexistente experimento, sustituyen a uno de los monos, por un novato, desconocedor de las normas.
¿Adivinas lo que va a pasar en cuanto se acerque a la escalera?
Pues si, el resto de compañeros le hacen desistir “amablemente”.
Este novato, lógicamente acepta los “consejos” de los que han vivido previamente la desagradable experiencia de encaramarse a la escalera.

Lógico.

Luego se siguió sustituyendo a los monos originales por noveles, hasta que todos, los cinco eran nuevos, ninguno había sufrido el chorro helado, pero todos asumían que a la escalera no se podía subir, aunque no supiesen porqué y además participaban activamente en hacer desistir a cada recién llegado.

No sólo obedecían unas normas sin tener motivo para ello (a esas alturas no había chorro de agua que les impidiese subir) sino que transmitían esa norma, la perpetuaban también sin motivo.

¿Sabes por qué?

¡Por algo será!

Nota: después de dejar esta entrada programada, Sergio publicó algo que de algún modo trata de lo mismo, pero desde otro punto de vista.
Te recomiendo encarecidamente su lectura AQUÍ

MORNING SINGERS

(From lost to the river)

Eran tiempos del UHF, que aquí tardó mucho en llegar porque la cordillera cantábrica aísla: aísla los cuerpos, aísla los corpúsculos y aísla las ondas. 

Recuerdo los primeros debates en TV, en un programa que dejó huella para los que lo vivimos, porque  trataba temas muy controvertidos, delicados para aquella época y que además se abordaban en profundidad.

Así un día podrían hablar de Lucifer y entre los tertulianos contar con la presencia de un exorcista, como otros trataban asuntos como la droga, la brujería, la homosexualidad, los hijos del exilio, la planificación familiar o el Opus Dei. Este último levantó bastantes ampollas entre el respetable.
(Fuente : El Español

Para empezar una selección excelente de películas, que se veían “sin descansos” (sin cortes publicitarios)

Para seguir con el debate con excelentes invitados; gente formada, conocedora del tema a tratar, especialistas.

El coloquio de esta noche (19 de enero de 1979) versará sobre el «alcoholismo». España es el cuarto país de Europa en cuanto a consumo de alcohol, con una media de catorce litros anuales por persona. Intervienen en el coloquio: Rafael Luis Osete Mula (de la Asociación de ex Alcohólicos Españoles), Francisco Alonso Fernández (catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de la Universidad Complutense de Madrid), Rosalía Clemente (asistenta social del Dispensario Antialcohólico), Archer Tongue (director ejecutivo del Consejo Internacional de Alcoholismo y Toxicomanía), Erik Epensen (del Ministerio de Asuntos Sociales de Noruega). No interviene ningún representante del Ministerio español de Sanidad, al parecer por causas ajenas al programa. Previamente se emitirá el largometraje Días sin huella (1948), de Billy Wilder, protagonizado por Ray Milland y galardonado con cuatro oscars: a la mejor película, director, guión y actor.
(Fuente : El País)

En un país que estaba despertando, en una época en la que acceder a información era complicado, requería interés y esfuerzo, era costoso y además un arte… poder escuchar a eminencias en cada materia, a quienes diseñaban las estrategias, a quienes operaban a pie de calle, fue un lujo.

Los debates, generalmente pausados y educados, en los que rara vez se interrumpía, se alargaban hasta la madrugada. Todo en directo. Con traducción simultánea cuando era necesario (y lo era con mucha frecuencia).
Argumentar era la norma, era lo que se esperaba.
Poco eslogan, poco marketing, mucha reflexión, mucha argumentación.

Ahora el “saber” es universal. Se ha democratizado de la mano de los medios digitales y las herramientas que ofrece.
Poco a poco.
Primero fueron los tertulianos/as que los lunes son analistas políticos, los martes son investigadoras científicas, los miércoles analistas estadísticos.

Luego los ayudadores / opinion bien, propaganda mal- entra el mk- llega la desinformación- fake news. 

Hoy cualquiera puede saber, sabe, o cree que sabe, cualquiera opina, cualquiera juzga y lo hace público (asumo mi culpa por estar ahora mismo formando parte de lo que critico lo que sin duda provoca un paradoja extrema).

Los lunes son analistas políticos, los martes son investigadoras científicas, los miércoles analistas estadísticos.

Sientan cátedra.

Los jueves te dicen cómo debes mejorar, de qué te debes quejar, cómo ser feliz, como conseguir lo que ellos no han conseguido, te van a revelar su secreto por una mínima cuota.

Aconsejan y guían.

Unos por ignorancia, otros por soberbia.

Sabiondos, cuñados, opinadores, entrenadores positivos, gurús de todo y para todo, circo, sin argumento, sin contraste, sin profundidad.
Autocomplaciente. 

Soluciones universales ya que si no lo consigues es porque no te esfuerzas lo suficiente (vaya por dios), trasladando al individuo “las culpas” y generando por tanto doble frustración, alienación, depresión… (ellos están lejos, en su pedestal)

Hay mil formas de hacer lo mismo, pero la mía es la mejor. 

Busca la aniquilación para preservar su estatus, que es al fin y al cabo su fuente de ingresos: Buscan tu pasta.

¡Qué mediocre!

La vacuna, el remedio, es complicada, porque precisa de pensamiento crítico  y eso no nace por generación espontánea: nace de la educación, la reglada y la de casa, la de la familia, la del grupo; y además hay que cultivarla, con constancia, de continuo.

El pensamiento crítico es el proceso de dudar de las afirmaciones que en la vida cotidiana suelen aceptarse como verdaderas (Wikipedia)

Sigue siendo la lucha entre el S1 y el S2 que está presente en todos nuestro actos. Los heurísticos, los sesgos, la capacidad de decidir.

Si tienes hijos, haz que “piensen”, que se cuestionen todo, que se pregunten los porqués de las cosas, que sean escépticos (en sentido amplio, no filosófico, lo agradecerán toda la vida, y posiblemente el mundo será mejor

Posiblemente no, SEGURO.

¡Manifiéstate!

No, no se trata de hacer espiritismo, ni tampoco de alentar oposición política.

Voy a comentar “La Paradoja de Abilene”.

El término (la expresión) fue acuñado por el doctor en psicología social (University of Texas, Austin) y profesor de la Universidad George Washington (Washington DC),  Jerry B. Harvey (fallecido en 2015) en un artículo publicado en 1974, aunque como él mismo escribió su origen está en una charla que dio el 9 de octubre de 1971 ”The Abilene Paradox: The Management of Agreement” (La paradoja de Abilene: la gestión del acuerdo). El nombre del fenómeno proviene de una anécdota que Harvey utilizó en aquel artículo para ilustrar las paradojas en lo que él denomina “empresas neuróticas” (sic)

La anécdota es la siguiente: 

La tarde de julio en Coleman, Texas (con una población de 5.607 habitantes) era especialmente calurosa: 40 grados según el termómetro de Walgreen's Rexall Ex-Lax. Además, el viento levantaba la tierra del oeste de Texas y lo arrastraba a la casa. Sin embargo la tarde seguía siendo tolerable, incluso potencialmente agradable. Había un ventilador en el porche trasero; había limonada fría; y finalmente, había entretenimiento: Dominó. Perfecto para las circunstancias. 

El juego no requería más esfuerzo físico que un comentario ocasional entre dientes: "Mezcladlas", y un movimiento sin prisa del brazo para colocar las fichas en la perspectiva adecuada sobre la mesa. En definitiva, todo apuntaba a una agradable tarde de domingo en Coleman, hasta que mi suegro dijo de repente "Subamos al coche y vayamos a Abilene a cenar a la cafetería".
Pensé: "¿Qué?, ¿ir a Abilene? ¿Cincuenta y tres millas? ¿Con esta tormenta de polvo y este calor? ¿Y en un Buick de 1958 sin aire acondicionado?"
Pero mi esposa dijo: "Suena como una gran idea. Me gustaría ir. ¿Y tú, Jerry?" Como mis preferencias no coincidían con las del resto, respondí: "Me parece bien", y añadí: "Sólo espero que tu madre quiera ir".
"Claro que quiero ir", dijo mi suegra. "Hace mucho tiempo que no voy a Abilene".
Así que nos metimos en el coche y nos fuimos a Abilene. Mis predicciones se cumplieron. El calor era insoportable. Estábamos cubiertos de una fina capa de polvo que se cimentó con la transpiración para cuando llegamos. La comida de la cafetería proporcionaba un material testimonial de primer orden para los anuncios de antiácidos.

Unas cuatro horas y 106 millas después volvimos a Coleman, acalorados y agotados. Nos sentamos frente al ventilador durante un largo rato en silencio. Entonces, tanto para ser sociable como para romper el silencio, dije: "Ha sido un gran viaje, ¿verdad?".
Nadie habló. Finalmente, mi suegra dijo, con cierta irritación: "Bueno, a decir verdad, no lo disfruté mucho y hubiera preferido quedarme aquí. Sólo fui porque todos vosotros, los tres estabais muy animados a ir. No habría ido si no me hubierais convencido".
No podía creerlo. "¿Qué quieres decir con 'todos vosotros'?" Dije. "No me pongas en el grupo de 'todos vosotros'. Estaba encantado de hacer lo que estábamos haciendo. No quería irme. Yo sólo lo hice por satisfaceros al resto. Vosotros sois los responsables".
Mi mujer parecía sorprendida. "No me culpes. Tú, papá y mamá erais los que queríais ir. Yo sólo les acompañé para ser sociable y tenerles contentos. Tendría que estar loca para querer salir con ese calor".
Su padre entró bruscamente en la conversación. "¡Diablos!", dijo.
Procedió a ampliar lo que ya estaba absolutamente claro. "Escucha, nunca quise ir a Abilene. Sólo pensé que podrías aburrirte. Me visitaste tan pocas veces que quise asegurarme de que lo disfrutaras. Hubiera preferido jugar otra partida de dominó y comer las sobras de la nevera".
Tras el arrebato de recriminación, todos nos sentamos en silencio. Éramos cuatro personas muy sensatas que, por nuestra propia voluntad, acabábamos de hacer un viaje de 106 millas a través de un desierto olvidado por Dios, a una temperatura similar a la de un horno y con una tormenta de polvo similar a la de las nubes, para comer una comida desagradable en una cafetería de mala muerte en Abilene, cuando ninguno de nosotros había querido ir. De hecho, para ser más exactos, habíamos hecho justo lo contrario de lo que queríamos hacer. Toda la situación simplemente no tenía sentido.
Al menos no tenía sentido en ese momento. Pero desde aquel día en Coleman, he observado, colaborado y formado parte de más de una empresa que se ha visto en la misma situación. Como resultado, han hecho un viaje de ida y vuelta o, en ocasiones, un viaje terminal a Abilene, cuando lo que realmente querían era ir a Dallas, Houston o Tokio. Y para la mayoría de esas instituciones, las consecuencias negativas de esos viajes, medidas en términos de miseria humana y pérdidas económicas, han sido mucho mayores que para nuestro pequeño grupo de Abilene.

Faltó comunicación.

Por un lado, circunstancias individuales: Con frecuencia, por ser condescendientes, o poco asertivos, o por falta de interés, o por creer que nuestra opinión no es válida, o sencillamente por miedo a ser criticados por disentir… creemos que no llevar la contraria, no manifestar nuestra opinión, o punto de vista ayuda a alcanzar un consenso.

Por otro lado circunstancias colectivas: Indefinición de roles, jerarquía difusa, falta de cohesión o confianza,

En cualquier caso, no comunicar se puede considerar un error. Se puede disentir y ceder, aún dejando clara nuestra oposición (matiza esto)

Sin saberlo, cuando no manifestamos nuestra opinión estamos limitando al grupo, menguando opciones y dejando pasar un montón oportunidades de opinar, debatir, contrastar, y por tanto enriquecer.

Moraleja: cuando se trata de un grupo es tan difícil gestionar los acuerdos como los desacuerdos

The hair-dryer incident

Lo que escribo a continuación es la traducción de parte de este post de 2014 titulado The hair-dryer incident de Scott Alexander, en concreto la parte V

Aquí va: 

El incidente del secador de pelo fue probablemente la mayor controversia que he visto en el hospital psiquiátrico donde trabajo. La mayoría de las veces, todos los psiquiatras se llevan bien y tienen más o menos la misma opinión sobre las cosas esenciales, pero la gente se peleaba por el incidente del secador de pelo.

Básicamente, una mujer obsesiva compulsiva conducía al trabajo todas las mañanas y le preocupaba haberse dejado el secador de pelo encendido y que fuera a incendiar su casa. Así que regresaba a casa para comprobar que el secador de pelo estaba apagado, luego volvía al trabajo, luego se preocupaba de que quizás no lo había comprobado lo suficientemente bien, luego volvía a conducir, y así diez o veinte veces al día.

Es un caso bastante típico de trastorno obsesivo-compulsivo, pero realmente estaba perturbando su vida. Trabajaba en un puesto de alto nivel -creo que de abogada- y llegaba constantemente tarde a todo por culpa de ese ir y venir en coche, hasta el punto de que su carrera estaba en declive y pensó que tendría que dejarlo y solicitar la invalidez. No podía salir con los amigos, ni siquiera podía ir a restaurantes porque no dejaba de preocuparse por haberse dejado el secador de pelo encendido en casa y tenía que salir corriendo. Había acudido a innumerables psiquiatras, psicólogos y orientadores, había hecho todo tipo de terapias, había tomado toda la medicación del mundo y nada le había ayudado.

Así que vino a mi hospital y la atendió un colega mío, que le dijo: “Oye, ¿has pensado en llevarte el secador de pelo?”.

Y funcionó.

Cuando se dirigía al trabajo por la mañana, empezaba a preocuparse por si se había dejado el secador de pelo encendido y se iba a quemar la casa, así que miraba al asiento de al lado y allí estaba el secador de pelo. Y ella sólo tenía un secador de pelo, que ahora estaba contabilizado. Así que soltaba un suspiro de alivio y seguía conduciendo hacia el trabajo.

Y aproximadamente la mitad de los psiquiatras de mi hospital pensaron que esto era absolutamente escandaloso, y que así no se trata el trastorno obsesivo-compulsivo, y que qué pasaría si la comunidad psiquiátrica en general se enterara de que, en lugar de administrar todos estos medicamentos de alta tecnología y terapias sofisticadas, simplemente le decíamos a la gente que pusiera el secador de pelo en el asiento delantero de su coche.

Yo, en cambio, pensé que era la mejor historia que había oído nunca y que el tipo se merecía una medalla. Aquí hay alguien que era totalmente intratable por los métodos normales, con una enfermedad incapacitante, y una intervención sencillísima en la que nadie había pensado le devolvió la vida. Si algún día abro mi propia consulta de psiquiatría, me estoy planteando medio en serio utilizar un dibujo de un secador de pelo como logotipo, sólo para que todo el mundo sepa cuál es mi postura en este asunto. 

Con frecuencia, las mejores (las únicas, a veces) soluciones a un problema no forman parte del abanico de opciones típico, del manual, de las que tenemos a mano, sino que hay que aplicar la imaginación, y por qué no, la sabiduría.

A esto se le llama pensar fuera de la caja (thinking outside the box).

Típico ejemplo el de unir 9 puntos con 4 líneas rectas (de un trazo), pero hay bastantes más. (anímate que seguramente tengas tiempo libre en estas fechas)

Caos, Caos, Caos

Recientemente oí mencionar de pasada en una conversación el “efecto mariposa”, y se empleaba “algo que se nos va de las manos” en cuanto a dimensiones (una bola que crece)

Esto no es exactamente así. Intentaré explicarlo.

El punto de partida es La Teoría del Caos, que:

“es la rama de las matemáticas, la física y otras ciencias (biología, meteorología, economía, entre otras) que trata ciertos tipos de sistemas complejos y sistemas dinámicos no lineales muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales”

Vale, obvio: si variamos las condiciones iniciales es esperable que obtengamos resultados diferentes. 

Pero lo peculiar en este tipo de sistemas es que las variaciones en las condiciones iniciales pueden ser ínfimas, pero producen unas diferencias (desviaciones) enormes, ENORMES, en los resultados obtenidos.

Ínfimo puede ser la variación en el sexto decimal, o el efecto del aleteo de una mariposa en las moléculas de aire que hay a su alrededor: esto provocará un efecto, que a sus vez provocará un efecto, que a su vez… cada una de las consecuencias será distinta , a modo de cascada, convirtiendo el resultado en impredecible a medida que adquiere complejidad.

No es por tanto que las consecuencias CREZCAN y se hagan mayores, sino que se DESVÍAN de las predicciones iniciales. Va más relacionado con la idea de “rumbo que toman los acontecimientos”

Hay quienes se apoyan en esta teoría para explicar el rumbo de la Historia


Si puedes dedicarle unos minutos, te dejo unos ejemplos de cómo se puede llegar a complicar una cosa en la que intervienen unas pocas (poquísimas) variables. Imagina si interviniesen decenas… o cientos.

Doble péndulo (2´28)

Cuádruple péndulo (animación) (5´30)

Si viésemos miles de dobles péndulos superpuestos, hipnótico (1´26)

Y este vídeo para muy interesados, pero para lo que quiero ilustrar con los 2 primeros minutos es suficiente.