Fake

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¿Sabrías decir de dónde es la persona que ves en la pantalla?

¿A qué crees que se dedica?

¿La ves feliz, alegre, seria?

Recarga la página; verás otra foto, otra cara.

Quizá algunas caras te resulten incluso familiares, como si los conocieses. 

Casi todos los gestos los alegres, tranquilos, sosegados… alguno un poco más serio, muy pocos tristes.

Vuelve a recargar, otra vez.

Un joven alegre, un hombre de mediana edad absorto en sus pensamientos, una mujer con gesto desafiante, un varón como si posase en el “fotomatón”, una universitaria en su graduación, un bebé…

Unas producen ternura, son entrañables, otras caras son realmente atractivas, otras generan cierta desconfianza, aunque la mayoría transmiten placidez.

Con poco esfuerzo podríamos imaginar parte de la vida de esas personas, al menos la parte de la vida inmediatamente anterior a que esa foto fuese tomada, aunque no los conozcamos.

Los seres humanos somos así. Intentamos darle sentido a lo que vemos y lo completamos con lo que conocemos. 

Necesitamos comprender para saber que nuestro entorno es seguro. 

Necesitamos catalogar y clasificar para comprender. 

Y siempre recurriremos a los esquemas que más conocemos, los más familiares o los que más a mano tenemos.

Lo hacemos todos.

Es humano.

Si te detienes en cualquiera de las imágenes podrás observar abajo a la derecha una leyenda un tanto críptica.

Imagined by a GAN (generative adversarial network)
StyleGAN2 (Dec 2019) – Karras et al. and Nvidia
Don’t panic. Learn how it works [1] [2] [3]
Help this AI continue to dream | Contact me
Code for training your own [original] [simple] [light]
ArtCatsHorsesChemicals
Another

Lo que has sentido viendo esas fotos es verdadero, pero fruto de lo que has interpretado, de lo que crees que has visto.

Porque esas personas no existen. Son imágenes generadas por una inteligencia artificial.

Son fake.

Ejercicios de estilo

La semana pasada, en el Telegram del Blog de Aprendiendo GTD, hablando de no recuerdo qué,  Luis mencionó, nos recomendó, el libro “Ejercicios de Estilo” de Raymond Queneau.

Las recomendaciones que me hacen, nunca caen en saco roto. 

Capturo y aclaro; con frecuencia lo almaceno. 

Quizás algún día, me digo.

En este caso, sin embargo, el libro me resultaba demasiado familiar. Tuve la necesidad de constatar y  efectivamente no tardé en encontrarlo.

No lo había leído aún, así que le hinqué el diente al instante.

Queneau, construye a partir de una anécdota banal nada menos que noventa y nueve variaciones.

Noventa y nueve variaciones de un hecho intrascendente, nimio, trivial, insignificante, baladí.

Es un ejercicio literario, claro.

Noventa y nueve veces lo mismo. Pero cada vez distinto. Cada estilo refleja una personalidad, un enfoque distinto. Y si no lo hace debería hacerlo.

Qué pasaría si yo hubiese estado allí; qué hubiese visto, qué hubiese expresado.

Qué hubiese sentido.

Qué hubiese vivido.

Porque ¿cuántas formas distintas puede haber de ver, de vivir un mismo hecho? 

¿Tantas cómo personas?

¿Cada uno de nosotros lo hubiese vivido de forma distinta?

¿Cada uno de nosotros lo hubiese vivido de forma distinta según lo que le hubiese pasado el día antes, las horas antes, justo unos momentos antes?

Y todas son verdad. La verdad de cada uno.

Cada uno la suya.

No vemos con los ojos.

Vemos, sentimos, interpretamos, entendemos filtrando con nuestras creencias, con lo que somos,  para seguir siendo como somos.

No hay noúmeno, todo es fenómeno.

Cada vez somos más como somos. Cada vez seremos más como somos.

Es difícil aprender, no queremos dejar que nada nos enseñe.

Miedo

Mejor en tribus

Mejor en bloques

Protegidos.

No análisis

No reflexión

Todo heurístico.

No me compliques la vida, tío. Déjame en paz. Dámelo fácil.

Neuronas de vacaciones permanentes; neuronas prejubiladas; neuronas muertas

La vida es camino, y no meta.

Y si no le sacamos partido al camino, si no estrujamos, si no nos perdemos a veces, si no investigamos sus recovecos, se nos hará corto.

Y te digo una cosa, te recuerdo una cosa, tu y yo sabemos lo que hay al final de ese camino.

RIP

YNAB vintage

Soy mayor. 

La primera tarjeta de crédito que hubo en mi casa apareció cuando yo tenía 17 años. Mi padre, que era el titular, me mandaba al único cajero que su banco tenía en Oviedo a sacar dinero, el Banco de Bilbao en la Calle de San Francisco, casi frente a la Catedral, nada cerca de dónde vivíamos, por cierto.

Antes de eso, mucho antes, recuerdo cuando en mi casa se cobraba, en efectivo.

Venía el cartero.

Llegaba con una inmensa y pesada cartera de cuero al hombro, llena rebosar.

No era un cartero, era “el cartero”.

“Buenos días, giro de Barcelona”

Rebuscaba entre las cartas, sacaba un fajo de billetes que contaba y recontaba no sin chuparse antes el pulgar. 

Tras tres recuentos, rebuscaba en los bolsillos de su chaqueta y añadía la calderilla. 

Aquí tiene su giro postal, doce mil seiscientas cincuenta y dos con veintitrés pesetas.

Entregaba un recibo que mi madre firmaba como “señora de xxxxxx”, dejaba una copia y se iba.

Aquel importe se volvía a contar inmediatamente,  antes casi de que se hubiese cerrado la puerta, no fuese a haber una equivocación y ya no hubiese reclamación posible.

No sé cual el pacto doméstico, pero recuerdo que era mi madre quién distribuía el dinero de los gastos de casa: “Esto para la luz, esto para el gas, esto para comida, esto para…” a cada categoría se le ponía una pinza (de las de tender la ropa) y un papel escrito a mano identificando a qué estaba destinado.

Todo eso a su vez, se guardaba en una pequeña caja de metal con llave: “la caja del dinero”

A veces la previsión fallaba y se generaba un pequeño problema. Tenía fácil solución porque las desviaciones debían ser poco cuantiosas: bastaba hacer una “transferencia” entre pinzas.

Otras veces sobraba algo pero ese dinero siempre tenía un destino, fuese un capricho o fuese ahorro.

Supongo que esta forma de actuar parece fruto de la escasez, aunque nunca fui consciente de pasar necesidades. 

Mi padre trabajaba como “representante” de un laboratorio farmacéutico (ahora se le llama visitador médico) y se vivía “bien”

El caso es que esta forma de actuar con el dinero, que mamé, me caló.

Aprendizaje vicario.

Los gastos fijos del mes, contemplados y presupuestados en cuanto llega el dinero.

Los gastos anuales, divididos en partes proporcionales y apartados en sobres, regularmente.

Las compras proyectadas, se van financiando mediante ahorro previo, o mediante amortización establecida de antemano.

Y siempre algo para extras, imprevistos o ahorro.

Tengo una “caja del dinero” con sobres, tal cual.

Esta forma tan rudimentaria, pero tan práctica y sobretodo obvia, no sé si me permite ahorrar $6,000 al mes como promete YNAB, pero seguro que inspiró su filosofía.

Eso sí, sin tantos aspavientos.

Quijote

 

Estoy en contra de las injusticias.

No es una pose.

Cuando presencio una, algo se me revuelve por dentro y necesito intervenir; lo hago de forma refleja; de hecho alguna vez estuvo a punto de costarme un disgusto. 

Riesgo físico.

Hace muy poco viví como espectador una enorme injusticia.

Afectaba a gente que no me conoce ni jamás oyó hablar de mí.

Sin embargo me involucraba emocionalmente porque el actor tiene una posición dominante sobre los afectados; una posición de poder.

El autor tiene púlpito, secuaces, palmeros. Un enorme amplificador.

Y lo sabe. 

Y lo aprovecha.

Eso es poco ético. Es jugar sucio.

Cuando uno trabaja con personas, dejar cadáveres por el camino, despreciar, vejar, vapulear no es noble.

Eso no es excelencia. Es ruindad.

Y cuando una persona es ruin, lo será siempre. 

Se vista como se vista, se disfrace de lo que se disfrace.

El halo ciega, pero se apaga. Es efímero. Y luego queda lo que queda: cenizas.

Gente así no la quiero ni en pintura.

El problema es que no me vale con ignorarla.

Necesito hacer justicia

Soy quijote