Ring vintage

8473 era el número que nos habían asignado; aún lo recuerdo.
Inicialmente pusieron un aparato anclado a la pared. Recuerdo que duró unos años, pocos.
Algún momento de prisa, alguna torpeza y la gravedad, hicieron añicos el auricular.
La CTNE nos lo repuso por uno de sobremesa, también de baquelita negra.
Pesado, robusto, ROTUNDO.
Estaba ubicado en el “centro geográfico” de la vivienda.
En un pasillo, sobre un taquillón
Podría no parecer una ubicación práctica, ya que allí no se hacía vida, era un pasillo, pero en realidad era la decisión más sabia, ya que su timbre (estruendoso) se podía oír desde cualquier lugar en el que te encontrases.
Esto, además de lo obvio, tenía una consecuencia aún más importante: si no lo oías o no llegabas a tiempo, adiós muy buenas. ¿Quién habrá llamado?. No había manera de saber quién había sido, no podíamos devolver llamada, no podíamos saber de qué se trataba.

Cifra mágica: 3 minutos.
Si eras tú quién realizaba la llamada, esa era el tiempo del que disponías para que no saltase otro “paso”.
No sé si ese salto suponía mucho dinero o no, pero instinto de supervivencia (económico) llevó a mi padre a poner un reloj junto al teléfono para controlar ese lapso y por tanto la factura.
No, no es un reloj como te imaginas. Es mucho más de la época.
Se trataba de un reloj de arena, que tardaba exactamente aproximadamente 3 minutos en dejar pasar el contenido de un BULBO a otro.
Aquella ubicación, aquel pasillo, aquel taquillón fue durante muchos años, centro de negocios cuando de chiquillo me tocaba anotar los pedidos de COFAS, centro de reunión cuando llamaba un familiar “de fuera” y nos apelotonábamos para ir turnándonos en la conversación, tuvo sus larguísimos momentos “salsa rosa”…
Aquella ubicación, pasado un tiempo, cuando la electrónica ya era de plástico, también fue un lugar de INTIMIDAD, porque aunque era un espacio de tránsito, bastaba con hacer una pequeña pausa para ocultar aquellos grandes secretos adolescentes.